dimarts, 20 de novembre del 2007

LA CIGÜEÑA




Esta noche no podré dormir.

Al amanecer, abandonaremos estas tierras y nos trasladaremos a nuestro verdadero hogar, ha dicho mamá.

Estoy nerviosa. Es mi primer viaje largo. Los más pequeños hemos tenido que entrenarnos duramente para este momento. Algunos de mis primos mayores han explicado sus experiencias: dicen que es una aventura peligrosa. Hablan de gigantes de hielo, de flores carnívoras de hierro y de océanos de cemento. También explican historias de mares azules eternos; de campos de dorados de trigo y de bosques donde anidan los dragones.

Desde hace unos días no hay quien pare en casa . Apenas he podido jugar un ratito con mis amigas. Todas tenemos que ayudar en la casa. Los preparativos para la marcha me parecen muy aburridos. A veces, cuando todos están muy ocupados intento escaparme, pero enseguida notan mi ausencia y mandan a mi hermana mayor, Sinting, a buscarme.

Supongo que en algún momento de la noche me venció el sueño. Mamá me ha dado un grito para que me levantara. Yo quería seguir durmiendo pero me ha obligado a vestirme, lavarme la cara varias veces y después de desayunar rápidamente me ha colocado el gorro de lana y anudado la bufanda sobre el cuello.

Hemos salido de casa corriendo después de cerrar con llave la puerta de entrada pues ya no volveremos a ella hasta el próximo invierno.

Cargados con nuestro equipaje hemos ido al lugar desde donde iniciaremos nuestro viaje. Mis padres se han reunidos con nuestros familiares más cercanos, yo he podido ver a mis amigas y primos. Todos con sus bufandas y gorros de lana desde lejos parecen pingüinos. Algunos me saludan riendo. Deben de estar tan emocionados como yo.

En cuanto el sol se despertó y los primeros rayos se dirigían a su cotidiano trabajo se dio la orden de partir y entonces todos juntos iniciamos el vuelo.

Que emocionante fue todo. A la cabeza iba la escuadrilla de los más veteranos. Mi padre y mi hermano Tuy eran comandantes de la misma e iban vigilando con sus subalternos el espacio aéreo. Yo iba con mamá en el centro de la bandada. Detrás de nosotras venían unos extraños pájaros que no paraban de hablar y hablar entre ellos. No eran tan grandes como nosotras las cigüeñas, ni desde luego tan hermosas, pero parecían distantes. Tenían un cuerpo musculoso y muy blanco y lucían un pico largo y chato de un naranja encendido, sin embargo otras eran muy negras. Mi hermana me dijo que eran ánades nórdicos. Que procedían de un país muy frío llamado Escandinavia. Que eran las primeras inquilinas de Africa, pues en su país ya en agosto la noche se comía al día y el sol invernaba en su tripa hasta que la noche lo vomitaba y era otra vez de día. Cuando la noche respiraba convertía el aire en hielo y entonces todos tenían que irse si no querían morir de frío.

Luego mamá nos dijo que calláramos que teníamos que ahorrar fuerzas pues aún quedaba mucho viaje por hacer. Así que callamos y seguimos volando, unas junto a otras.

Al cabo de algunas horas tuve que quitarme el gorro y la bufanda pues tenía mucho calor. También empecé a sentir un poco de sed. Se lo dije a mamá, pero me indicó que siguiera que aún no había llegado el momento de descansar.

La verdad, estaba ya un poco harta. Estaban empezando a dolerme las alas y para colmo, unos vecinos nuestros, hacia rato que nos habían adelantado. Yo estaba muy deprimida y avergonzada pues me daba cuenta que era yo quien retrasaba la marcha. Pero mi mamá me animó diciéndome que no me preocupara que era normal; todos en el primer vuelo, me dijo, hemos hecho lo mismo que tú. En cuanto seas un poco mas grande no te pasará. Y serás tú la que vueles más rápido. Ya verás. Ahora ponte junto a mí y apóyate en mi ala.

Íbamos así muy juntas cuando comencé a sentir un aire hasta ese momento desconocido para mí: estamos cerca del mar, dijo mamá, y al instante un gran cielo azul apareció pintado bajo nuestros pies. Mi mamá al ver mi cara extrañada comenzó a reír: eso que ves son las lágrimas vertidas por las mujeres enamoradas no correspondidas que se han convertido en sirenas. Exhalan suspiros salinos para atraer hacia sus aguas a los amantes ingratos y cuando se adentran en su bello mar azul los hacen naufragar con sus cantos y gemidos y se vengan de ellos ahogándolos con sus besos marchitos.

Miré hacia el frente y vi la enorme bandada blanca que seguía volando surcando el cielo.

Papá se acercó y dijo a mamá que pronto llegaríamos a las dunas y que allí pasaríamos la noche.

Al cabo de algunas horas comenzamos a descender. La bandada buscó cobijo entre las hierbas y los árboles una vez que hubimos bebido agua fresca y rica en las dunas y comido algunos camarones rosas que allí nadaban.

Mamá cansada hizo pronto un nido y todos nos fuimos cobijando a su lado. Froté mi cara a su ala cálida y vino a mi memoria el suave perfume de su cuerpo cuando de niña me mecía entre sus alas. Su pico amarillo me alimentaba dejando en mi boca pequeñas larvas de sabor a mora, dulces frutillas malvas y pececillos de plata que aún coleteaban sobre mi garganta avara.

Acerqué mi pico y deposité un beso sobre su pata cansada. Ella levantó sus alas y cubierta con sus plumas me dormí hasta el alba.

Aquella noche soñé con iglesias y campanas.



M. Carmen Briones